Sección 1. El Valor del Ser Humano que ha Cumplido el Propósito de la Creación
Estudiemos el valor del ser humano que ha cumplido el propósito de la creación; es decir, el valor de Adán perfecto.
Primero, estudiemos la relación entre Dios y el ser humano perfecto según el punto de vista de «las características duales». Conforme al principio de la creación, el ser humano fue creado con mente y cuerpo según el modelo de las características duales de Dios. La relación mutua que existe entre Dios y el ser humano perfecto puede ser comparada a la relación entre la mente y el cuerpo del ser humano. De igual manera que el cuerpo fue creado como el objeto substancial de la mente invisible a la cual refleja, así también el ser humano fue creado como el objeto substancial del Dios invisible, hecho según Su imagen. Así como no podemos separar a la mente y el cuerpo cuando forman una unidad en un ser humano perfecto centrado en Dios, de igual forma nunca podremos romper la relación establecida por Dios y el ser humano perfecto cuando forman un solo cuerpo a través del fundamento de cuatro posiciones, porque en este estado el ser humano vive en perfecta unión con el corazón y los sentimientos de Dios.
De esta manera, el ser humano que cumple el propósito de la creación llega a ser el templo donde Dios habita constantemente (1 Co. 3:16), asumiendo así divinidad (ref. Parte I, Cap. I, Sec. III, 2). Como Jesús dijo, el ser humano debe llegar a ser perfecto como nuestro Padre Celestial es perfecto (Mt. 5:48). Por consiguiente, el ser humano que ha cumplido el propósito de la creación asume el valor divino de Dios.
Segundo, consideremos el valor del ser humano centrados en el propósito por el cual fue creado. El propósito de Dios al crear al ser humano fue sentir felicidad a través de él. Cada individuo tiene características especiales que los demás no tienen. Aunque el número de gente en la tierra es muy grande, no se pueden encontrar dos personas con individualidades idénticas. Por lo tanto, en toda la creación sólo hay un individuo que, al formar una base recíproca con las esencialidades duales particulares de Dios que están en la posición de sujeto para ese individuo, pueda devolver alegría estimulante a Dios como Su objeto substancial (ref. Parte I, Cap. I, Sec. III, 2). Cualquier ser humano que haya cumplido el propósito de la creación es una existencia única en todo el universo. La afirmación de Buda, «Yo soy mi propio Señor en todo el cielo y la tierra», es razonable a la luz de este principio.
Tercero, estudiemos el valor del ser humano desde el punto de vista de la relación entre el ser humano y el resto de la creación. Al comprender la relación entre el ser humano y el resto de la creación, de acuerdo con los principios de la creación, podremos apreciar mejor el valor del ser humano perfecto. El ser humano fue creado para dominar el mundo invisible con su espíritu y el mundo visible con su cuerpo físico. Por consiguiente, el ser humano que ha cumplido el propósito de la creación llega a ser el señor de toda la creación (Gn. 1:28). Así , el ser humano tiene que gobernar el mundo visible y el invisible, con su cuerpo físico y su espíritu. De esta manera, los dos mundos juntos forman un objeto substancial de Dios al efectuar la acción de dar y recibir, con el ser humano como el mediador.
De acuerdo con los principios de la creación, sabemos que el mundo de la creación es el desarrollo substancial de las esencialidades duales del ser humano. En consecuencia, el espíritu del ser humano es el resumen substancial de todo el mundo invisible, mientras que su cuerpo físico es el resumen substancial de todo el mundo visible. Por ello, un ser humano que ha cumplido el propósito de la creación es el resumen substancial de todo el cosmos. Por esta razón se dice que el ser humano es un microcosmos. El ser humano tiene un valor equivalente al de todo el macrocosmos, como está escrito (Mt. 16:26): «Pues, ¿de qué servirá al ser humano ganar el mundo entero, si arruina su vida?».
Supongamos que hay una máquina perfecta. Si las piezas de la máquina son las únicas de su clase en todo el mundo y no pueden ser conseguidas ni hechas de nuevo, una sola pieza tendría un valor correspondiente al de toda la máquina, aunque sea la más trivial, debido a que sin ella la máquina no podría funcionar. De la misma forma, la individualidad de un ser humano perfecto es única. Así, aunque parezca algo insignificante, tiene un valor equivalente al de todo el universo.