Sección 5. Los Últimos Días, la Nueva Verdad y Nuestra Actitud
5.1 Los Últimos Días y la nueva verdad
El hombre caído despierta su espiritualidad y su intelectualidad con el espíritu y la verdad (Jn. 4:23) a través de la religión y así va superando su ignorancia interna.
Pero en lo que respecta a la verdad, esta tiene dos aspectos: la interior que por medio de la religión va superando su ignorancia interna y la exterior que por medio de la ciencia va superando su ignorancia externa. Por lo tanto, también la intelectualidad tiene dos aspectos: el interno que se va despertando por medio de la verdad interna y el externo que lo hace por medio de la verdad externa. Entonces, la intelectualidad interna busca la verdad interior y establece religiones, mientras que la intelectualidad externa busca la verdad externa y establece ciencias.
Las realidades del mundo invisible son percibidas espiritualmente por el cuerpo espiritual a través de los cinco sentidos espirituales, esto a su vez entra en resonancia con los cinco sentidos físicos, siendo así percibido fisiológicamente y la verdad es percibida por medio de los órganos sensoriales fisiológicos del hombre, directamente del mundo visible. La percepción pasa por un proceso espiritual-físico. Dado que el hombre fue hecho de tal manera que pudiera ser completo solamente cuando su hombre espiritual y su hombre físico estuvieran unidos, el espíritu y la verdad deben estar en perfecta armonía, despertando el nivel espiritual e intelectual del hombre, con el fin de que las dos clases de cognición que vienen por el canal espiritual y el físico puedan coincidir completamente. Entonces, por vez primera el hombre llegará a tener una cognición perfecta de Dios y de todo el mundo de la creación.
De esta manera, Dios está conduciendo Su providencia para restaurar a los hombres a su estado original en la creación, elevando mediante el espíritu y la verdad, el nivel espiritual e intelectual de los hombres, que cayeron en la completa ignorancia debido a la caída.
A medida que la historia progresa, el hombre, recibiendo el beneficio de la era de la providencia de la restauración de Dios, ha estado gradualmente restaurando su nivel espiritual e intelectual. Por lo tanto, ambos, el espíritu y la verdad, que son los medios para elevar el nivel espiritual e intelectual, deben también ser elevados gradualmente a niveles más altos. Aunque el espíritu y la verdad deben ser únicos, eternos e incambiables, la extensión, grado y método de enseñanza y expresión a los hombres, que están en el proceso de ser restaurados del estado de ignorancia, deberían variar de acuerdo a la era.
Por ejemplo, en la era anterior al Antiguo Testamento (de Adán a Moisés), Dios no dio al pueblo palabras de verdad, sino meramente les mandaba ofrecer sacrificios. Los hombres de aquella era, siendo ignorantes, no podían recibir la verdad directamente de El. Cuando el nivel espiritual e intelectual del pueblo se elevó, El les dio la Ley en el tiempo de Moisés, y el Evangelio en el tiempo de Jesús. Jesús no dijo que sus palabras eran la verdad, sino que él mismo era el camino, la verdad y la vida (Jn. 14:6). Esto es debido a que sus palabras eran solamente un medio de expresarse a sí mismo como la verdad; y la extensión, grado y método de expresión de la verdad variaban de acuerdo a quienes recibían las palabras.
Según esto, debemos darnos cuenta de que las palabras bíblicas son un medio de expresar la verdad y no son la verdad en sí misma. Viendo esto según este punto de vista, podemos comprender que el Nuevo Testamento fue dado como un libro de texto gradual para la enseñanza de la verdad a la gente de hace 2.000 años, gente cuyo nivel espiritual e intelectual era muy bajo, comparado con el de hoy día.
Es por ello definitivamente imposible satisfacer en forma completa el deseo del hombre por la verdad en esta moderna civilización científica, usando el mismo método de expresión de la verdad, en parábolas y símbolos, que fue usado para despertar a la gente de aquella época. Por consiguiente, hoy día debe aparecer la verdad con un contenido más elevado y de acuerdo con un método científico de expresión para que la pueda comprender el inteligente hombre moderno. Llamamos a esto la nueva verdad.
Esta nueva verdad, como estudiamos en la «Introducción General», debe ser capaz de resolver completamente los problemas de la religión y la ciencia conforme a un tema unificado, superando así la ignorancia interior y exterior del hombre.
Investiguemos, desde otro aspecto, otras razones por las cuales la nueva verdad debe aparecer. Como se señaló, la Biblia no es la verdad en sí misma sino un libro de texto que nos enseñaría la verdad. En este libro de texto la mayoría de las partes importantes de la verdad están expresadas en parábolas y símbolos. Por ello, el método de interpretación puede diferir de acuerdo al lector. Las diferencias en interpretaciones han dado lugar a muchas denominaciones. Puesto que la causa principal de las divisiones denominacionales no es el hombre sino son las expresiones usadas en la Biblia, las divisiones y conflictos se incrementarán irremediablemente. Por lo tanto, no podemos esperar que las divisiones y conflictos entre denominaciones lleguen a acabar. Esto impedirá el cumplimiento de la providencia de la restauración de la unificación del Cristianismo, a menos que aparezca una nueva verdad que pueda desvelar los contenidos fundamentales de la Biblia tan claramente que todo el mundo pueda reconocerlo y estar de acuerdo con ella. Por consiguiente, Jesús prometió darnos nuevas palabras de verdad en los Últimos Días, diciendo: «Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os instruiré en parábolas, sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre» (Jn. 16:25).
Jesús murió en la cruz sin poder decir todo lo que deseaba decir debido a la incredulidad del pueblo judío. El dijo, «Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo?» (Jn. 3:12). Jesús también dijo a sus discípulos: «Mucho podría deciros aún, pero ahora no podéis con ello» (Jn. 16:12). Esto revela cuán apenado estaba, debido a que no podía decir ni incluso a sus propios discípulos lo que tenía en el fondo de su corazón.
Las palabras que Jesús no dijo, no permanecerán para siempre en secreto, sino que tienen que ser reveladas algún día como una nueva verdad a través del Espíritu Santo, como Jesús nos dijo: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa, pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, os anunciará lo que ha de venir» (Jn. 16:13).
Además, leemos: «Vi también en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro escrito el anverso y el reverso, sellado con siete sellos» (Ap. 5:1). Precisamente en este libro estaban las palabras que el Señor va a darnos en los Últimos Días. Cuando Juan lloró debido a que no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro ni de leerlo, ya que no había nadie en el cielo, en la tierra o bajo la tierra que fuera capaz de hacerlo, uno de los ancianos dijo: «...el León de la tribu de Judá, el Retoño de David; él podrá abrir el libro y sus siete sellos» (Ap. 5:3-5). El León nacido del linaje de David, significa Cristo.
Llegará el día en el que Cristo abrirá el libro sellado, que desde hace mucho tiempo ha permanecido como un secreto para la humanidad, y revelará la nueva verdad a todos los santos. Por ello se dice: «Tienes que profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes» (Ap. 10:11). De nuevo, se dijo: «Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes tendrán visiones, y los ancianos sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu» (Hch. 2:17-18). Entonces, según los diferentes puntos de vista, la nueva verdad debe venir en los Últimos Días.
5.2 La actitud que debemos tomar quienes estamos en los Últimos Días
Si observamos la progresión de la historia de la providencia de la restauración, vemos que lo nuevo siempre comienza cuando lo viejo está a punto de extinguirse. Por consiguiente, el período en el que lo viejo acaba es precisamente el período en el que lo nuevo comienza. El final de la historia vieja es el período inicial de la nueva historia. La humanidad está ahora en el punto de intersección donde las dos soberanías del bien y el mal están enfrentándose entre sí. Estas dos soberanías, que comenzaron en el mismo punto, se han dirigido desde entonces en direcciones opuestas, y han producido sus propios frutos a una escala mundial respectivamente. La gente de esta era internamente caerá en la inseguridad, el terror y el caos debido a la carencia de sus ideales e ideologías. Externamente temblará en medio de las fricciones y las luchas armadas. En los Últimos Días ocurrirán muchos fenómenos devastadores, como la Biblia lo indica: «Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino y habrá en diversos lugares hambre y terremotos» (Mt. 24:7).
Es inevitable que ocurra esta desgracia, con el fin de que el dominio del mal sea aniquilado y que el dominio del bien sea exaltado. Dios, sin lugar a dudas, establecerá el centro de la soberanía del bien para comenzar una nueva era que partirá del medio de esta situación miserable. Noé, Abraham, Moisés y Jesús eran las figuras centrales que Dios estableció en las respectivas eras. Por esta razón, en este período histórico de transición debemos encontrar a la figura central de la nueva historia, a quien Dios ha designado, para que así podamos ser participantes en la nueva era como Dios quiere que seamos.
La providencia de la nueva era no comienza después de la completa liquidación de la era antigua, sino que nace y crece en las circunstancias del período de la consumación de la era antigua, y siempre que aparece entra en conflicto con la era anterior. Por ello, esta providencia no es fácilmente comprendida por quienes están acostumbrados a los convencionalismos de la era antigua. Por esta razón, los sabios de la historia, que vinieron para hacerse cargo de la providencia de una nueva era, todos fueron víctimas de la era antigua. Podemos dar el ejemplo de Jesús, quien viniendo al término de la Era del Antiguo Testamento como el centro de la nueva providencia de la Era del Nuevo Testamento, fue considerado por los creyentes de la Ley Mosaica como un hereje a quien no podían comprender. Finalmente fue rechazado a causa de su incredulidad y luego fue crucificado. Por esta razón Jesús dijo: «sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos» (Lc. 5:38).
Cristo volverá de nuevo al término de la Era del Nuevo Testamento como centro de la nueva providencia para establecer un nuevo cielo y tierra, y nos dará una nueva verdad para la construcción de la nueva era (Ap. 21:1-7). Por consiguiente, es muy posible que sea rechazado o perseguido por los cristianos en el tiempo de la Segunda Llegada, de igual manera que Jesús fue perseguido y ridiculizado por los judíos cuando vino, quienes decían que estaba poseído por Beelzebul, el príncipe de los demonios (Mt. 12:24). Por lo tanto, Jesús predijo que al principio el Señor debía sufrir muchas cosas y ser rechazado por la generación del tiempo de la Segunda Llegada (Lc. 17:25). Por ello, aquellos quienes, en el período transicional de la historia, estén tenazmente ligados a las circunstancias de la era antigua y confortablemente acomodados en ella serán juzgados junto con la era antigua.
Los hombres caídos, teniendo muy deteriorada su sensibilidad hacia las cosas espirituales, generalmente han dado más valor a la verdad antigua durante el curso de la providencia de la restauración. En otras palabras, aunque la providencia de la restauración esté en el comienzo de la nueva era, esta gente no responderá ni seguirá la providencia de la nueva era, debido a que en la mayoría de los casos están apegados a la visión de la verdad de la era antigua. El hecho de que los judíos, quienes estaban apegados a las escrituras del Antiguo Testamento no pudieron responder a la providencia de la Era del Nuevo Testamento de seguir a Jesús, es un buen ejemplo para demostrar esto.
Aquellos que puedan percibir cosas espirituales por medio de la oración, no obstante, comprenderán la providencia de la nueva era espiritualmente, y corresponderán a ella, a pesar de que se enfrenten a discrepancias entre la nueva visión de la verdad y la antigua. Por esta razón, los discípulos de Jesús no estaban completamente apegados al Antiguo Testamento. Más bien, ellos seguían lo que sentían espiritualmente en sus corazones.
Esta es la razón por la cual los hombres de mucha oración y de buena conciencia no pueden evitar sentir una especie de extrema ansiedad y urgencia espiritual en los Últimos Días, pues ellos sienten vagamente las cosas espirituales y están dispuestos a seguir la providencia de la nueva era en sus corazones, pero no han encontrado la nueva verdad que pueda dirigir su cuerpo en esta dirección. Por consiguiente, estos hombres si solamente escucharan la nueva verdad que les dirigiera hacia la providencia de la nueva era, el espíritu y la verdad despertarían simultáneamente su corazón e intelecto. Como ellos serán capaces de percibir completamente el llamado de la providencia de Dios para la nueva era, responderán entonces con una alegría indescriptible.
Así pues, el hombre moderno debe tratar por sobre todas las cosas de percibir lo espiritual mediante oraciones humildes.
Por esta razón, no deberíamos estar ligados a ideas convencionales, sino que deberíamos a toda costa encontrar la nueva verdad que nos dirija a la providencia de la nueva era. Podemos hacer esto conduciendo nuestro ser exterior a corresponder al espíritu. Entonces debemos asegurarnos de que la verdad así encontrada llega a ser una unidad con nuestro espíritu, produciéndose una verdadera alegría celestial en lo profundo de nuestro corazón. Haciendo esto, los creyentes de los Últimos Días podrán encontrar el camino de la verdadera salvación.